Griselda Rocamora | La alimentación emocional, cómo afectan las emociones a nuestra dieta
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La alimentación emocional, cómo afectan las emociones a nuestra dieta

Comer responde a una necesidad biológica de supervivencia pero también sacia nuestras emociones. No te has preguntado nunca ¿por qué cuando estamos tristes nos apetece un dulce? o ¿por qué cuando estamos estresados comemos más? Sin duda las emociones influyen en nuestra dieta.

Somos personas emocionales y nuestros sentimientos nos influyen sin darnos cuenta, en lo que nos preparamos para comer. En realidad todo tiene un porqué, los alimentos aportan a nuestro organismo diferentes y variados nutrientes (proteínas, minerales, vitaminas…) y éstos consiguen un efecto saciante en nuestro organismo.

Cuando nuestro cuerpo necesita un nutriente en particular manda un mensaje a nuestro cerebro el cual responde con la necesidad de comer un alimento rico en él y así cubrir dicha carencia.

Es fácil entender que un deportista tenga una dieta rica en hidratos de carbono o un estudiante coma alimentos ricos en vitaminas y si nos viéramos en estas situaciones, conscientemente, incluiríamos dichos alimentos en nuestro menú diario.

Pero de lo que no somos del todo conscientes es que el Chef que elabora nuestro menú es la emoción que nos inunda en ese momento.

A continuación expondremos una serie de situaciones emocionales y que alimentos consumimos en consecuencia y porque.

  • En situaciones de depresión o ansiedad nuestro organismo nos pedirá alimentos ricos en triptófano. Éste es un aminoácido que estimula la segregación de serotonina, “la hormona del bienestar”. Comer, entonces, chocolate o frutos secos nos relajará y nos dará sensación de calma y felicidad.
  • El estrés entre otras cosas, afecta al sueño, acelera el ritmo cardiaco, hace aumentar una serie de hormonas como la adrenalina o el cortisol, en consecuencia nuestras reservas de vitamina B disminuyen y el sistema inmunitario se ve afectado negativamente. El organismo buscará cómo compensar este desequilibrio pidiendo un aumento en el torrente sanguíneo de nutrientes que le sean beneficiosos,  por ello nos pedirá incluir en la dieta chocolate, naranja, frutos secos…. Por otra parte el mero hecho de comer nos hace sentir placer, por lo que para evitar la tensión necesitaremos comer más y más a menudo.
  • La nostalgia también afecta a lo que “necesitamos”. Situaciones vividas en tornos a la comida, tristes o alegres, se reviven en nuestro interior y las repetimos o evadimos porque nos recuerdan a ello. Cuando sentimos tristeza buscamos un alimento que nos trasporte a un momento en nuestra vida en el que nos sentíamos felices y queridos, por ejemplo es habitual que comidas que hacíamos en Navidad o en celebraciones nos proporcionen sentimientos agradables. Por el contrario podemos dejar de comer alimentos que nos recuerden o nos transporten a instantes vividos con angustia o tristeza.

La mayoría de distorsiones de nuestro mundo emocional tienen un reflejo en la manera en cómo nos alimentamos en un intento de compensar una carencia o de llenar un vacío que haga sentirnos mejor.

Buscamos el amor y la felicidad y, la comida o las situaciones que se dan alrededor de ella nos la proporcionan. No debemos renunciar al placer de comer, de disfrutar de la compañía sentados a una mesa o con amigos en una barbacoa. Tenemos que conocer que es lo adecuado y que es un exceso. La comida es necesaria a nivel biológico y emocional pero siempre con un equilibrio.

Siendo conscientes de cómo nos sentimos conseguiremos evitar hacer excesos que en futuro nos harán sentir peor. Saber controlar nuestra alimentación emocional nos ayudará a tener una nutrición sana y equilibrada y en definitiva a sentirnos bien con nosotros mismos.

 

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